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ALGO
DE HISTORIA DE LA YERBA MATE
La yerba mate (ilex paraguayensi - caá mata en guaraní)
es una planta que crece sólo en el extremo nordeste argentino
(Provincia de Misiones y Norte de la Provincia de Corrientes),
sur de Paraguay y sudoeste de Brasil.
Cuando los primeros monjes jesuitas llegaron a la región,
ya era un hábito entre los nativos el consumo de sus
hojas en infusión.
Tan energizante resultaba el brebaje que los jesuitas decidieron
cultivar este arbusto que, hasta entonces, crecía salvaje.
Pero, por más que se esmeraban en tratar y mejorar sus
semillas para las plantaciones, menos podìan hacerlas
crecer.
Tanto fue así que se hablaba de "una maldición"
que lo impedìa. Hasta que un día (bendita contemplación)
descubrieron que las plantas que seguían creciendo salvajemente
lo hacían a lo largo de los cercos perimetrales de las
reducciones, lugar en el que se posaban cotidianamente los pájaros.
Claro: los pájaros se alimentaban de los frutos de la
yerba mate, su sistema digestivo asimilaba su carnosidad y se
deshacía del "hueso" bien peladito. Así,
libre de su tegumento, las semillas germinaban y se convertían
en generosas plantas.
De ahí en adelante, sólo fue desarrollar su cultivo
para mejorar el sabor de este producto de la tierra colorada
tan tradicional y simbólico de nuestro territorio. Su
popularidad y sus virtudes atraparon a los inmigrantes que fueron
componiendo la región al punto de dedicarse de lleno
a su producción.
LEYENDA
Según el credo y la nacionalidad de quien las narra,
diferentes leyendas cuentan que es la luna, Jesucristo, o Santo
Tomé quién creó la Yerba Mate, en agradecimiento
a la hospitalidad de los hombres buenos, que siempre están
representados por una familia de guaraníes. Sea quien
fuere el artífice de tan bondadosa planta, todos coinciden
en señalarla como una bendición del cielo y un
símbolo de amistad. Esta es la versión guaraní
más difundida sobre el origen de la Yerba Mate:
La Caá Yarí
Yasí, la luna, miraba con curiosidad las tierras que
Tupá, el poderoso díos de los guaraníes,
había recubierto con extensos y profundos bosques. Tanta
belleza la llenaba de deseos de bajar a recorrerlos, descansar
bajo su sombra, sentir el sonido del viento que jugaba con sus
hojas. Tan imperiosa se volvió ésta necesidad,
que una madrugada llamó a su amiga Araí, la nube
rosada del crepúsculo, y la convenció para que
bajaran juntas. Y así lo hicieron, bajo la apariencia
de jóvenes y hermosas doncellas.
Durante todo un día pasearon por el bosque, y cuando
el cansancio las comenzó a invadir, decidieron buscar
reposo en una choza que habían visto. Hacia allí
se dirigían cuando las sorprendió en el camino
un yaguareté. Sin darles tiempo a abandonar su forma
humana, el animal se abalanzó sobre ellas pero, antes
de alcanzarlas, una flecha disparada desde la espesura del bosque
lo hirió en el costado. El animal, enfurecido, se lanzó
en busca de su nueva presa, un viejo indio quien disparó
una segunda flecha que le atravesó corazón. Terminada
la lucha, el indio, al notar la fatiga de las doncellas, les
ofreció hospitalidad y así fue como Yasí
y Araí fueron conducidas hasta su choza.
El hombre vivía junto a su mujer y su hija, Yarí,
una muchacha dotada de una belleza excepcional. Los tres, fieles
a los deseos de Tupá, se brindaron generosamente a sus
huéspedes atendiéndolas con gran afecto y dándoles
todo lo que su humildad les permitía.
Al día siguiente Yasí anunció que había
llegado el momento de regresar. Sus amigas, las nubes, habían
cubierto la noche, colocándose bien juntas para tapar
el cielo y disimular su ausencia, pero ya no podía seguir
de vacaciones por la tierra mientras otros trabajaban por ella.
Así las dos aventureras doncellas emprendieron el camino
acompañadas del viejo. Este les confió el motivo
de su vida aislada: al nacer Yarí, tan llena de virtudes,
el temor de que en un futuro alguien o algo pudiera corromperla
lo llevó a alejarse de la comunidad en que vivía
para mantener intactos los dones con que Tupá había
embellecido a su hija.
Cuando Araí y Yasí estuvieron solas, abandonaron
su forma humana y subieron a ocupar su lugar en el cielo. Tan
agradecidas se sentían por la hospitalidad del viejo
indio y sus mujeres que decidieron premiarlos por tanta bondad
y se pusieron a pensar en cuál sería el mejor
regalo.
Así fue como una noche, mientras los tres aborígenes
dormían profundamente, Yasí esparció frente
a su choza semillas celestes; desde el cielo iluminó
fuertemente donde las había sembrado mientras Araí
empapaba la tierra con una dulce y suave lluvia.
Al llegar la mañana, ante la choza habían brotado
unos árboles desconocidos hasta entonces, cubiertos de
blancas flores y oscuras hojas. Al despertarse con semejante
sorpresa, el viejo indio, su mujer y su hija quedaron maravillados,
sin encontrar explicación a lo que sus ojos veían.
Y entonces apareció Yasí, en forma de la doncella
que ellos habían conocido, y les habló así:
- No tengáis ningún temor - les dijo -. Yo soy
Yasí, la diosa que habita en la luna, y vengo a premiaros
vuestra bondad. Esta nueva planta que veis es la yerba mate,
y desde ahora para siempre constituirá para vosotros
y para todos los hombres de esta región el símbolo
de la amistad. Vuestra hija vivirá eternamente y jamás
perderá ni la inocencia ni la bondad de su corazón
y ella será la dueña de la yerba.
Luego de éstas palabras, Yasí regresó al
cielo, no sin antes enseñarles cómo tostar la
yerba, preparar y tomar el mate.
Pasó el tiempo, el matrimonio envejeció hasta
que sus almas abandonaron sus cuerpos. Luego, cuando Yarí
hubo cumplido sus deberes rituales, también desapareció
de la tierra. Pero aún suele vérsela cada tanto
por los yerbales: joven, hermosa y rubia, conservando aún
la inocencia y el candor de su alma, se pasea entre esas plantas
que fueran un regalo de la luna en agradecimiento a la hospitalidad
de los hombres; en sus palabras: un símbolo de amistad. |
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