Los
aspectos potenciales de los conjuntos uruguayenses no están
en la simple arquitectura persistente en elevación, como
podría ser el caso de los paranaenses. Excluyendo a Santa
María la Mayor, los demás pueblos carecieron de
la esquisitez arquitectónica que pudieron ostentar, por
ejemplo, San Ignacio Miní, Santa Ana o Candelaria. Fueron
pueblos de «barro», es decir con un rotundo predominio
del adobe y la tapia en las construcciones, aún en las
monumentales, como ser los templos, residencias, etc. Esto es
lo que les da a sus ruinas ese aspecto tan chato, aplastado
al suelo, sin elevaciones prominentes, donde lo horizontal se
impone a lo vertical. A los ojos del observador ocasional parecieran
no existir, al estar gran parte de los restos en íntima
comunicación con el suelo y la vegetación natural.
Sin embargo allí es donde se hallan los restos o vestigios
más valiosos, los que registran la historia de esos pueblos.
Algo muy distinto a los muros de piedra en elevación
observables en los pueblos paranaenses, pero no menos significativos
y probablemente mucho más testimonial sobre la vida en
las reducciones.
El área de los once pueblos, comprendida entre los ríos
Paraná y Uruguay, se evidencia otra realidad, no muy
estudiada y menos aún valorada, se trata de las ruinas
o vestigios de los asentamientos transitorios de las reducciones.
En la zona paranaense son: Santa Ana (1638-1660), Santos Cosme
y Damian (1718-1740), Loreto (1632-1686), San Ignacio (1632-1690),
San Carlos (1638-1660) y San José (1638-1660). En la
región uruguayense son:Trinidad (1700-1713), San Miguel(1638-1680),
Apóstoles(1638-1650), Santa María la Mayor(1633-1790),
Mártires (1638-1704), Asunción del Acaraguá
(1638-1660).
En algunos casos los restos persistentes son muy significativos,
como el correspondiente a la ruina de San Miguel (1638-1680)
ubicada a unos 14 km al norte de Concepción.
Otro ejemplo lo constituye el asentamiento de Santos Cosme y
Damian (1718-1740), ubicado entre Candelaria y Santa Ana.
La localización y consecuente rescate de las ruinas o
vestigios de los pueblos provisorios o transitorios resulta
clave para la comprensión del proceso de formación
de las reducciones específicamente en los aspectos urbano,
arquitectónico y de técnicas de construcción.
Incalculable es también el valor histórico de
estos asentamientos, pues en ellos se produjeron las etapas
iniciales de la experiencia reduccional, que luego se consolidó
en los treinta pueblos tan renombrados. |
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