La noche del 29 de abril
de 1924, Gustav Müller se decidía por fin a terminar la
larga carta que enviaría a su amada esposa, en Alemania.
Disfrutaba del fresco de la noche, y de una sensación nueva
que quería trasmitirle: la libertad de ser señor y dueño
de su tierra, virginal e inmensamente fértil, sin alguaciles,
ni recaudadores de impuestos, sin temores ni inseguridades, langostas
ni granizadas... Con lo que quedaba de lápiz, escribió:
"ahora, querida madre y queridos hijos, la opinión mía
y de los hijos presentes es que a nosotros nos gusta mucho aquí,
queremos tener aquí a la familia entera, también Alfred
y Robert. Aquí hay de comer y de beber para todos. Queremos
establecer una patria nueva y, con la ayuda de Dios, convertirnos
en felices y contentos alemanes del extranjero...". |